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miércoles, 3 de julio de 2013

Actividades: “Recibí tu declaración de amor con fecha del viernes 23” de Luis Pescetti y “Gusano” de Quino



Punto 1 obligatorio. El 2 y el 3, opcionales.
1)      Reconstrucción. Reconstruir en pequeños grupos la posible confesión de amor que realizó Alberto. Para ello, tener en cuenta los datos que ofrece Anita en su respuesta. También recordar algunas convenciones para la redacción de una carta: lugar y fecha (del lado derecho), destinatario, cuerpo de la carta (lugar donde van a reconstruir la confesión), saludo  y nombre del emisor (ambas al final).Se debe considerar que es una carta de amor, por ende, usar un registro informal. Luego, compartir con el resto de los compañeros las reconstrucciones y observar si hay coincidencias o no, si faltaron pasajes o se agregaron cosas, etc.
2)      Un final diferente. En forma individual, seleccionar una de las cinco posibles cartas que pudo escribir la mujer en “Gusano” y otorgales un final diferente. Si querés, realizá una historieta mostrando el proceso de escritura de la misma.
3)      Despedida con altura. Pensá con qué  otras palabras podría haberse despedido la mujer. Ilustrá la última viñeta con las mismas. Se pueden utilizar términos despectivos pero no malas palabras –al menos las que consideramos como tales dentro del ámbito escolar.

domingo, 30 de junio de 2013

Actividades sugeridas

2º Lectura


Dos opciones (para trabajar en parejas o pequeños grupos)


A) Esta historia de amor nos la cuenta él (no sabemos su nombre, sí que es uno de los protagonistas).... Imaginen ahora que son “ella”, que vuelve esa mañana a su casa y escribe lo sucedido en su Diario personal.

Querido diario (o cómo crean ustedes que ella comenzaría....):

…....................................................................................

.....................................................................................

......................................................................................


B) Hagan un collage (pueden recortar imágenes de diarios o revistas y/o dibujar con lápices, fibras, biromes, etc.) que represente una escena del relato que les haya gustado. Copien debajo una frase del cuento que les haya interesado o llamado la atención...



lunes, 17 de junio de 2013

Actividades sugeridas para el primer grupo de lecturas




1º GRUPO: Amor con humor: poema nº 1 y nº 7 de Oliverio Girondo (Espantapájaros)


¡A la manera de Girondo!


Dos opciones (para trabajar en parejas o pequeños grupos)


a) Vuelvan a escribir el poema nº 7 de O. Girondo pero cambiando la palabra amor por otra y a partir de ahí.... pueden hacer las modificaciones que quieran.



b) ¡Completen las frases! (esta vez los grupitos serán de chicas o chicos, para que sea más fácil ponerse de acuerdo!)



No sé; me importa un pito que las mujeres/hombres tengan

los…...................o...............................................................



Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que.....................................


 
Soy perfectamente capazde soportarles.......................................................



¡Pero eso si! - y en esto soy irreductible - no les perdono, bajo ningún pretexto,

que ….....................................



 

sábado, 15 de junio de 2013

Poema nº 1 (de Oliverio Girondo, de Espantapájaros


 
No sé; me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso si! - y en esto soy irreductible - no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!

Esta fue - y no otra- la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa.

¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado? ¡María Luisa era una verdadera pluma!

Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...

¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. "¡ María Luisa! ¡María Luisa!... y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.

Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja

muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.

¡ Qué delicia la de tener una mujer tan ligera..., aunque nos haga ver, de vez en cuando las estrellas! ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...la de pasarse las noches de un solo vuelo!

Después de conocer a una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que

tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?

Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.
 
 
 

martes, 4 de junio de 2013




RESIDUOS, de Luis Fernando Veríssimo



Un hombre y una mujer se encuentran en el palier, cada uno con su bolsa de residuos. Es la primera vez que se hablan. 

- Buen día. 

- Buen día. 

- Usted es del 610. 

- Y usted es del 612.- 

Sí. 

- Todavía no lo conocía personalmente. 

- Ajá. 

- Disculpe mi indiscreción, pero he visto sus bolsas de residuos... 

- ¿Mis qué? 

- Sus residuos. 

- Ah. 

- Noté que nunca es mucho. Su familia debe ser chica... 

- La verdad, soy yo solo. 

- Hmmm. Vi también que usa mucha comida en lata. 

- Es que tengo que hacerme la comida. Y como no sé cocinar... 

- Entiendo. 

- Usted también... 

- Tratáme de vos. 

- Vos también perdoná mi indiscreción, pero vi algunos restos de comida en tus bolsas. Champiñones, cosas por estilo… 
- Es que me gusta mucho cocinar. Hacer platos diferentes. Pero como vivo sola, a veces sobra.... 

- ¿Usted...vos no tenés familia? 

- Tengo, pero no aquí. 

- En Espíritu Santo. 

- ¿Cómo sabés? 

- Vi unos sobres en la basura. De Espíritu Santo. 

- Si. Mamá escribe todas las semanas. 

- ¿Ella es maestra? 

- ¡Qué increíble!¿Cómo fue que adivinaste? 

- Por la letra en el sobre. Me pareció letra de maestra. 

- Usted no recibe muchas cartas. A juzgar por sus residuos... 

- Y...no. 

- El otro día tenía un telegrama abollado. 

- Sí. 

- ¿Malas noticias? 

- Mi padre. Murió. 

- Lo siento mucho. 

- Ya estaba muy viejito. Allá en el sur. Hace tiempo que no nos veíamos. 

- ¿Fue por eso que volviste a fumar? 

- ¿Cómo sabés? 

- De un día para otro empezaron a aparecer en tu basura etiquetas de cigarrillos. 

- Es cierto. Pero conseguí dejar otra vez. 

- Yo, gracias a Dios, nunca fumé. 

- Ya sé. Pero he visto frasquitos de pastillas en tu basura. 

- Tranquilizantes. Fue una etapa. Ya pasó. 

- ¿Te peleaste con tu novio, no es cierto? 

- ¿Eso también lo descubriste en la basura? 

- Primero el ramo de flores con la tarjeta, arrojado afuera. Después muchos pañuelos de papel. 

- Si, lloré bastante, pero ya pasó. 

- Pero hoy todavía veo unos pañuelitos... 

- Es que estoy un poco resfriada. 

- Ah. 

- Muchas veces veo revistas de palabras cruzadas en tus bolsas. 

- Sí..., es que...me quedo mucho en casa. No salgo mucho, sabés. 

- ¿Novia? 

- No. 

- Pero hace unos días había una foto de una mujer en tus bolsas. Y muy bonita. 

- Estuve limpiando unos cajones. Cosas viejas. 

- Pero no rompiste la foto. Eso significa que, en el fondo, querés que ella vuelva. 

- ¡Vos ya estás analizando mis residuos! 

- No puedo negar que me interesaron. 

- Qué gracioso. Cuando examiné tus bolsas, pensé que me gustaría conocerte, creo que fue por la poesía. 

- ¡No!¿Vos viste mis poemas? 

- Los vi y me gustaron mucho. 

- ¡Pero son malísimos! 
-Sí realmente creyeras que son malos, los habrías roto. Solamente estaban doblados. 

- Si hubiera sabido que los ibas a leer... 

- No me los quedé porque, a fin de cuentas, estaría robando. A ver, no sé; ¿lo que alguien tira a la basura, sigue siendo de su propiedad? 

- Creo que no. La basura es de dominio público. 

- Tenés razón. A través de la basura, lo particular se hace público. Lo que sobra de nuestra vida privada se integra con las sobras de los otros. Es comunitario, es nuestra parte más social. ¿Será así? 

- Bueno, ya estás profundizando demasiado en el tema de la basura. Creo que... 

- Ayer en tus residuos... 

- ¿Qué? 
¿Me equivoco o eran cáscaras de camarones? 

- Acertaste. Compré unos camarones grandes y los pelé. 

- Me encantan los camarones. 

- Los pelé pero todavía no los comí. Quizás podríamos... 

- ¿Cenar juntos? 

- Claro. 

- No quiero darte trabajo. 

- No es ningún trabajo. 

- Se te va a ensuciar la cocina. 

- No es nada. En seguida se limpia todo y se tiran los restos. 

- ¿En tu bolsa o en la mía?
 

poema 20 -Pablo Neruda

Poema 20



Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.»

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.



Escucha este poema en la voz de Pablo Neruda

domingo, 2 de junio de 2013

¡Adiós, gusano!



Me encantó Recibí tu declaración de amor con fecha del viernes 23, de Luis Pescetti.... ¿iría bien con Quino no? ¿Y si un día se dedicara a la lectura de una selección que tratase el amor así, con humor? Son textos cortos, pueden ir cuatro por lo menos para un encuentro ¿no?



 

Gracias por ser como eres, de Luis Pescetti

http://www.luispescetti.com/gracias-por-ser-como-eres/




Recibí tu declaración de amor con fecha del viernes 23, de Luis Pescetti

Estimado Alberto: recibí tu declaración de amor con fecha del viernes 23, misma que paso a responder.
Primero que me pareció medio larga. Ni sabías en qué andaba, entonces te mandaste más por entusiasmo tuyo que por otra razón.
En la parte que ponés “que me amás desde el primer día que me viste”, ¿a vos te parece?, para empezar no indicás qué día fue, no puedo saber si yo también te vi o me llevás ventaja. Sí recuerdo cuando nos presentaron, y ahora entiendo la sonrisa que traías, porque ya venías emocionado, por así decirlo.
Cuando afirmás que “he nacido para hacerte feliz”. No puede ser cierto, ahora no sé cuántos años tenés, pero desde que naciste hasta ahora, ni un poco mejoraste mi vida. O llevás un atraso que ni te cuento o es una de esas frases que se dicen por decir.
¿Que pasás noches sin dormir? No sé si estás tomando algo, ¿qué querés que haga? Podría cantarte una canción tranquila, pero no soy de cantar en público, no sé, me da vergüenza. Probá ir al médico.
Después decís que las estrellas te dicen mi nombre. ¡Estaría todo el mundo llamándome por teléfono si fuera cierto! Móviles de televisión a la puerta de mi casa, la NASA. “¡Ani, las estrellas le dicen tu nombre a un flaco!”. Nada que ver.
Que pasás las horas lánguidamente. ¿Vos buscaste qué quiere decir esa palabra? Para mí que quisiste decir otra cosa.
Por último me pedís que te dé una respuesta y que la vas a esperar con ansiedad. Calmadito, por favor, porque lo que menos quiero es andar con gente nerviosita.
Te voy a ser sincera, me llegaron tres o cuatro cartas de amor más, ¡a cuál más disparatada y boba! Así que la tuya, dentro de todo, fue la mejorcita.
De modo que acepto tu propuesta, vení con flores mañana a partir de las cinco y seremos felices para siempre, mi amor.

Tuya de todo corazón
Anita

© Luis Pescetti

El amenazado, Jorge Luis Borges

          


            Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
            Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única. ¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la Biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?
            Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
            Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
            Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
            Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.
            Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
            Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
            (Esta habitación es irreal, ella no la ha visto.)
            El nombre de una mujer me delata.
            Me duele una mujer en todo el cuerpo.
 
 Jorge Luis Borges.


Una mujer y un hombre, de Juan Gelman





Una mujer y un hombre llevados por la vida,
una mujer y un hombre cara a cara
habitan en la noche, desbordan por sus manos,
se oyen subir libres en la sombra,
sus cabezas descansan en una bella infancia
que ellos crearon juntos, plena de sol, de luz,
una mujer y un hombre atados por sus labios
llenan la noche lenta con toda su memoria,
una mujer y un hombre más bellos en el otro
ocupan su lugar en la tierra.

Juan Gelman

En la carpeta, de Juan Gelman



Tomé mi amor que asombraba a los astros
y le dije: señor amor,
usted crece de tarde, noche y día,
de costado, hacia abajo, entre las cejas,
sus ruidos no me dejan dormir perdí todo apetito
y ella ni nos saluda, es inútil, inútil.

De modo que tomé a mi amor,
le corté un brazo, un pie, sus adminículos,
hice un mazo de naipes
y ante la palidez de los planetas
me lo jugué una noche lentamente
mientras mi corazón silbaba, el distraído.


autógrafo
Juan Gelman

La leyenda del amor


                               

               Dicen que cuando aún no existían ni el hombre ni la mujer sobre la tierra, estaban sueltos por el planeta, sin saber en quién encarnarse, las virtudes y los defectos.
               Una tarde de lluvia, estaban todos reunidos. Estaba el aburrimiento, tan aburrido... que se acercó la ternura, tan tierna siempre, y le dijo:
               - ¿Y si jugamos a algo?
               - ¿A qué?- le contestó el aburrimiento.
               -Podrías ser... ¡a las escondidas!
               Repentinamente, apareció la locura.
               - Yo cuento- dijo- A la una, dos, tres, cuatro...
               No se animaron a contradecirle porque se ponía loca. Que contara ella. Y corrieron a sus escondites.
               La ensoñación no sabía dónde meterse, pues el cielo estaba tan negro después de la tormenta...De pronto, un rayo iluminó una nube rosada cerca del horizonte y entonces se fue a meter ahí. Otro relámpago... y el cielo se cerró.
               La dulzura se orientó por los panales y encontró un hueco de un árbol.La pasión caminó sinuosa hasta el cráter de un volcán. Se asomó. Estaba en erupción. Perfecto. Se arrojó allí dentro.La mentira dijo que se iba a esconder detrás de una piedra. Mentira. Se ubicó detrás de un ciprés. Y así, cada uno iba encontrando su escondite.
               Ya la locura venía contando por 89, 90, 91... cuando el amor, escondido detrás de un tronquito de un rosal, se dio cuenta de que lo iban a descubrir inmediatamente. Sobre la cuenta final, se metió bajo las raíces, se cubrió con la tierra húmeda y se quedó ahí.
               -¡99, 100!- dijo la locura y salió a buscar.
               Enseguida, se tropezó con alguien. Era la pereza, que no se había movido.
               - Por pereza, por pereza...- dijo la locura, mientras tocaba un árbol. Se divirtió mirando cómo corría la duda de un escondite a otro.
               - Por la duda- dijo de pronto- Por la duda.
               Tuvo suerte. Otro relámpago descubrió el escondite de ensoñación. Se guió por el rumor de los panales y encontró a la dulzura. Se orientó por el olor de la basura y no se equivocó, encontró a la injusticia...Pudo con la mentira. Con la pasión fue fácil. Y llegó el momento en que los tuvo a todos otra vez reunidos.
               Pero se puso loca cuando vio que le faltaba el amor. Fue en ese momento cuando se le acercó la traición y, susurrando, le dijo:
               -Debajo de las raíces del rosal.
               -¡¿Qué?!- gritó la locura.
               -De- ba-jo de las raí-ces del ro-sal -repitió, casi silabeando, la traición.
               La locura fue. No encontró al amor, a primera vista. Se puso más loca. La crueldad le alcanzó una horquilla y ella la hundió con desesperación entre las raíces. Entonces, apareció el amor con los ojos ensangrentados y le dijo:
               -¡Ay, locura! ¿Qué me has hecho? Me has arrancado los ojos.
               -¡Ay, amorcito! ¿Qué es lo que hice?- dijo ella, soltando la horquilla.- Y entonces, ahora... ¿qué puedo hacer por ti?
               -Bueno, no sé...-le contestó el amor.-Se me ocurre que, como me has dejado ciego, podrías servirme de lazarillo.
               Y es desde entonces, claro, que por el mundo vaga el amor, ciego, siempre de la mano de la locura.

Versión de Ana María Bovo en el espectáculo Ana cuenta cuentos

El diagnóstico y la terapéutica, de Eduardo Galeano


            El amor es una enfermedad de las más jodidas y contagiosas. A los enfermos, cualquiera nos reconoce. Hondas ojeras delatan que jamás dormimos, despabilados noche tras noche por los abrazos, o por la ausencia de los abrazos, y padecemos fiebres devastadoras y sentimos una irresistible necesidad de decir estupideces.

            El amor se puede provocar, dejando caer un puñadito de polvo de quereme, como al descuido, en el café o en la sopa o el trago. Se puede provocar, pero no se puede impedir. No lo impide el agua bendita, ni lo impide el polvo de hostia; tampoco el diente de ajo sirve para nada. El amor es sordo al Verbo divino y al conjuro de las brujas. No hay decreto de gobierno que pueda con él, ni pócima capaz de evitarlo, aunque las vivanderas pregonen, en los mercados, infalibles brebajes con garantía y todo.

Eduardo Galeano.- El libro de los abrazos.


sábado, 1 de junio de 2013

Confesión de amor en la parada del 93 , de Eduardo Sacheri




Al final le dijo que la amaba. Se lo escupió sin atenuantes, sin fijarse ya en escoger las palabras adecuadas. Se lo dijo casi con bronca, casi como si ella tuviera la culpa. Bueno, se dijo Esteban, alguna culpa le cabría por ese amor que a el hacia años le quemaba las entrañas.



Ella lo miró como incrédula. Con sus grandes ojos negros muy abiertos. Las mejillas se le encendieron en un rojo incandescente y se echo a temblar como una hoja. El supo que no tenia mas salida que seguir hasta el final, y por eso hablo hasta quedar exánime, hasta que la voz se le estrangulo por la emoción y por el miedo, hasta que se cohibió en la contemplación de la metamorfosis del rostro hermoso de ella, que viró del asombro a la incredulidad, y de la incredulidad a la furia.



El cachetazo que sobrevino entonces terminó por parecerle natural, porque la cara de ella daba para eso o para cualquier otra forma de castigo. Enseguida, como para nutrir aun mas a la bestia de su desampara, ella se acomodó la cartera y se trepó aun 93 que venía repleto. Para colmo desde el estribo dio vuelta la cara y lo miro con los ojos llenos de lágrimas. No hacia falta ser un genio para advertir que no iba a perdonarlo nunca.



Muchas veces, en las infinitas noches malgastadas en urdir el modo de decírselo, había tratado de representarse a si mismo en el instante posterior a haberlo hecho. Casi nunca lograba hacerse la idea. Hablarle le parecía algo tan difícil, tan improbable, que el minuto siguiente a haberlo conseguido se le antojaba de otro mundo; un minuto para ser vivido en otro planeta.



Una vez que constató que seguía con vida, que no había muerto de vergüenza ni de pánico ni de desesperación en la empresa, trató de pensar de nuevo el universo en torno suyo. Alrededor todo era igual, a que negarlo. Buenos Aires estaba por todos lados, pero casi no importaba. El cielo estaba encapotado de nubes bajas y pesadas. Esteban casi sintió un pinchazo ligero de bronca, una sensación de injusticia por esa indiferencia rotunda para con su tormento en carne viva.



Con pasos de autómata abandonó la parada y caminó por Leandro Alem hasta la plaza. Ella seguía poblando sus pensamientos con una premura irrenunciable. Su imagen de llanto en el estribo, su rostro dolido y rabioso y desencantado se le imponían de un modo mucho mayor que el tamaño que cobraba su propia desventura.



En una de esas tardes de café que pactaban a menudo ella le había contado, con naturalidad, que se casaba en mayo. Como el sabía que tarde o temprano llegaría el día en que ella tendría que arrojarle esa montaña sobre la cabeza, consiguió que el cataclismo de su alma pasase casi inadvertido. Armándose de valor, hasta tuvo la hombría de formular las preguntas consabidas: que cuando, que en que iglesia, que la fiesta donde, que la luna de miel en que lugar y otras por el estilo. Las tres noches siguientes, que pasó tumbado en la cama sin pegar un ojo, trató de convencerse de que mejor, de que ya era hora, de que el tal Alejandro no era mal tipo, de que ese iba a ser tal vez el único modo de obligarse a perderla y olvidarla.



Se vieron varias veces desde entonces. Habría sido sospechoso que él evitara sus encuentros. ¿No le decía ella, siempre, que él era su mejor amigo? ¿No se habían burlado juntos, cien veces, de los que negaban la posibilidad de la amistad entre el hombre y la mujer? ¿No se habían reído siempre en sus encuentros de los chimentos que los unían en romances de todo tipo?



Para Esteban esos fueron cuatro meses macabros, pero los soportó a pie firme. Se encontraban en el café de siempre, en el Bajo, y la dejaba hablar de la modista, del ramo de novia, del buffet froid, del costo por cubierto, de las rencillas surgidas en torno a la lista de invitados. Él se asombró, en ese lapso, de cuántas cosas era capaz de soportar sin gritarle que se callara, que lo dejara en paz, que dejara de martirizarlo con esos punzones afilados que le desgarraban las entrañas.



Pero el lunes, cuando ella llamó para citarlo para la antevíspera del civil, sintió que era demasiado. Trató de decirle que no, que no podía de ninguna manera, que mejor se veían directamente el día de la iglesia, porque al civil también iba a serle imposible acudir. Pero ella, como siempre, se las ingenió para desbaratarle las intenciones y vencerle las resistencias, y al final se escuchó a sí mismo pactando otro de esos encuentros del demonio en el café de Leandro Alem para el miércoles a la tarde. Ella llegó con su impuntualidad de siempre, declamando que debía partir en diez minutos al encuentro de la modista, pero se pasó la siguiente hora y media atorada en su monólogo florido. Igual estaba rara. Esteban supuso que era natural y que todas las mujeres se ponían así en los días previos a casarse.



Intentó escucharla con la buena disposición de siempre. Pero por más que trataba, lo corroía la idea de que desde la mañana del viernes siguiente ella iba a serle fatal y perpetua y definitivamente ajena, sin que él fuese capaz de enarbolar gesto alguno capaz de evitarlo. Porque era evidente, se decía, que jamás conseguiría vencer su propia cobardía. ¿Para qué traerle un problema, una desilusión? ¿Para qué ofenderla, inmiscuirse de contrabando en su existencia, traicionar la linda amistad que los unía, obligarla a rechazarlo, a decirle lo lamento, yo no sabía, jamás me hubiese imaginado? ¿Para qué forzarla a poner cara de compasión, cara de te entiendo pobrecito Esteban, cómo puedo ayudarte a que te olvides?



Atragantado de dolor y de rabia consigo mismo, casi le agradeció en voz alta cuando ella por fin hizo silencio, después de narrarle un principio de conflicto felizmente resuelto entre sus testigos de la iglesia y del civil, zanjado por la angelical intervención de Margarita. Esteban tiró el último pedacito del sobre de azúcar en la borra del pocillo, mientras ella miraba el reloj sobre la barra. Llamó al mozo, pagó y salieron a la calle. Como siempre, se ofreció a acompañarla hasta el colectivo, y ella accedió sonriendo. Sin embargo, su locuacidad parecía haberse evaporado.



Esteban empezó a sentirse mal del estómago. Había confiado en que los últimos minutos de ese tormento asirio pasaran en el torbellino de su charla infatigable. Pero en lugar de eso, ambos caminaban silenciosos por el Bajo, ella mirándose los pies, y él con la vista clavada en el vacío, buscando en su interior algún postrer despojo de resignación o de valentía.



“Ya llegamos”, dijo ella. En el refugio esperaba solamente una señora gorda. Él, automáticamente, bajó el cordón y se paró en la orilla de la calle. Era algo que siempre hacía. Por empezar, era bastante más alto que ella, y al descender esos centímetros sus ojos podían encontrar muy cerca los de ella. Y además, cuando algún auto pasaba cerca de la vereda, Agustina instintivamente, aunque siguieran la conversación sin inmutarse, estiraba el brazo y le capturaba el suyo, atrayéndolo sin violencia hacia un lugar más seguro; y ese gesto de cuidado e intimidad a él le entibiaba las angustias.



Pero hoy ni siquiera esos ritos antediluvianos surtían sus efectos analgésicos. Ella tenía la vista suspendida adelante, tratando de adivinar, en su miopía, el colectivo viniendo del lado del Correo. Esteban, por su lado, trataba de detener el terremoto de sus tripas, concentrándose en que ya era miércoles a la nochecita, y que el asunto era permanecer con vida hasta el domingo. Porque abrigaba la ilusión grisácea de que, desde entonces, su amor desventurado se iría asfixiando en el tiempo y en la distancia, ahogado en el veneno de lo irrevocable.



No obstante, no se sintió aliviado cuando por fin el 93 se asomó por el lado de Corrientes, y ella lo miró con una sonrisa rara y de labios apretados, y le dijo “ahí viene” como si él fuese tonto, como si fuese ciego, como si fuese incapaz de ver el enorme cacharro amarillento de sus desventuras acercándose inexorable, zigzagueando del carril lento al rápido y viceversa para consumar la catástrofe de su alma, para tragarse al amor de su vida y arrancárselo para siempre.



Fue entonces, cuando ella lo miró con su cara de enigma de toda la tarde y le dijo chau, cuando él inhaló de nuevo el olor inconfundible de ella, cuando sintió el roce de sus dedos contra los suyos, cuando se supo incapaz de sobrevivir al cataclismo de perderla, que él sintió, junto a un dolor súbito en la boca del estómago, la certeza de que iba a decírselo, de que las cosas habían dejado de importar, de que ya no podía contener el océano volcánico de su amor secreto, de que si se callaba moriría en el incendio de sus entrañas.



La tomó del brazo y le dijo que no subiera, que lo dejara pasar, que tomara el siguiente porque necesitaba decirle algo. Ella se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos, tal vez intuyendo que Esteban iba a lanzarse por la pendiente sin retorno de las verdades tardías. Y él, turbado por la vergüenza pero inmune ya a los trastornos de la cobardía, la miró al centro de los ojos y le dijo que la amaba. Y se lo escupió sin atenuantes y sin demorarse en escoger las palabras adecuadas. Le dijo que se había enamorado de ella sin límites ni miramientos la primera vez que la vio entrar en la oficina, con su trajecito azul, y su pelo negro y lacio peinado con esmero, mientras ella tartamudeaba presentaciones y se enredaba los tacos en la alfombra burda del quinto piso. Le dijo que la había adorado desde el mismo instante en que había llegado al escritorio de atrás, y él la había visto de cerca por primera vez, maravillado en el mar oscuro de sus ojos sin fondo, enternecido en su mano helada de dedos largos y finitos.



Le contó sobre el calvario paciente de sus cartas de amor, contrabandeadas a sus insomnios, atesoradas en el fondo del segundo cajón de su mesa de luz hasta el insólito número de doscientas cuarenta y cuatro, hasta la saturación de imágenes y de metáforas, hasta la sorda convicción de que jamás sería capaz de hacerle llegar una sola de ellas. Le habló de la tortura dulce de los cinco años malgastados en esos ejercicios inútiles, de que al final había encontrado un espejismo de paz en la certeza de que su silencio lo pondría a salvo de su sorpresa y su rechazo, de su adiós irreversible, y de que había preferido indigestarse con sus frases de amor que someterse al suplicio de su adiós definitivo.



En el vértigo de la verdad, y temiendo la proximidad de un final de catástrofe, comenzó a ametrallarla con los dardos flamígeros de sus sentimientos desnudos. Intuyó, al calor de su corazón desbocado, que las palabras corrientes, esas que se usan todos los días, no eran adecuadas para describir un amor como el suyo, y desplegó temerario una verborragia indómita que mezclaba improvisaciones geniales con pedazos arrancados al azar a los doscientos cuarenta y cuatro borradores de sus cartas de amor empedernido.



Viéndola parada frente a el, rígida, incrédula, le dijo también que se hiciera cargo de ese amor, aunque no hiciese otra cosa más que eso. Que al menos para abofetearlo, insultarlo, escupirlo, tomara partido, hiciera algo, le diera a entender que, aun para despreciarlo, ella también estaba ahora sumergida en el pantano de su amor y su desconsuelo. Que al fin y al cabo era ella, a su modo y sin quererlo, la única responsable de su agonía perpetua.



Hizo un instante de silencio, como si las fuerzas descomunales que lo habían conducido hasta allí estuviesen a punto de abandonarlo. Resopló varias veces y con lo último de su empuje le pidió disculpas, le dijo que hasta último momento tenía decidido callarse, que había decidido no hablar por respeto, por no arruinar esa amistad que tenían, por no ponerla a ella en el disgusto de despreciar su amor, por evitarle la incomodidad de herirlo, por ponerla a salvo de perder la naturalidad de sus voces y de sus diálogos. Pero que al verla ahí, apunto de tomar el 93, había entendido que no podría dejarla ir, que no sería capaz de perderla para siempre, de perdurar el resto de su vida en la decrepitud de carecer de ella, ajeno a sus humores y a sus detalles, ajeno a sus tareas cotidianas, ajeno a sus embarazos y a sus hijos y a sus reuniones de padres, ajeno a sus Navidades y a sus vacaciones en Córdoba, ajeno a sus cambios de peinado y a sus compras de ropa, ajeno a su cuerpo de piel y junco yaciendo en la oscuridad de cada noche.



Después, agotado, terminó por callarse. Fue cuando ella se lanzó a temblar como una hoja, y le hizo estallar la cachetada en pleno rostro, y se colgó del 93 que venía repleto, y lo condenó con los ojos por su estúpido modo de arruinarle la antevíspera de su casamiento.



Esteban se derrumbó en un banco de plaza y dejó caer la cabeza entre las manos, mientras la fatiga inconmensurable de los nervios acumulados le disolvía las articulaciones. El alma se le anegó de angustia y de desamparo. Se vio al fin como tanto había temido verse: solo en el universo, privado para siempre de ella y de la mera posibilidad de ella alguna vez. Y aunque no se arrepintió de haber hablado como acababa de hacerlo, cayó en la cuenta de que la tranquilidad de conciencia tenía muy poco que ver con la paz de espíritu. Entonces la congoja le subió por fin hasta los ojos, y la plaza y Buenos Aires se le nublaron de lágrimas tibias y saladas. Trató de contenerse primero. Pero cuando en su alma fue tomando por fin cuerpo el tamaño de abismo de su soledad, el horizonte inabarcable de su desolación, se desbarrancó en un llanto desesperado, que habría hasta el fondo las esclusas de su rencor y su desconsuelo.



Empezó a llover. Primero tímidamente, con unos gotones grandes y dispersos, que golpeaban con fuerza las hojas de los árboles y los pétalos de los flores en los canteros. Después con más ahínco, aunque sin llegar al aguacero. En cuanto fue capaz de percibir la mojadura, Esteban levantó la cabeza y miró en torno. La gente se había ido, como siempre se va del Bajo cuando anochece. Dejó de llorar. Se restregó con las mangas los ojos enrojecidos.



No tenía la menor idea de adónde ir. Entendió, apesadumbrado, que la vida le arrancaba de nuevo de cero, y que iba a tener que coleccionar un sinnúmero de cosas y de gentes como para ocupar el agujero descomunal que acababa de abrírsele en el lugar donde había estado ella.



Caminó de espaldas a la avenida, hacia el lado del río. A los pocos pasos se detuvo, se asustó, y casi se enojó consigo mismo, cuando por encima del rumor de la lluvia y de los autos creyó escuchar un grito que traía su nombre. Era posible, por supuesto, que estuviesen llamando a otro Esteban. Era posible que aunque la voz fuese de mujer, y aunque se pareciese terriblemente a la voz de Agustina, la nostalgia y la desesperación le estuviesen haciendo pasar un mal rato. Era posible que el sonido rumoroso sobre las piedras anaranjadas del caminito fuera otra cosa que los zapatos de taco de ella tragándose la distancia que los separaba. Era posible que estuviese alucinando, y que no valiese la pena volverse para verla a ella indiscutible y real y tangible, a ella corriendo por la plaza gritando su nombre, a ella despedazando el futuro escrito en letras definitivas, a ella también empapada del agua de otro banco de otra plaza, a ella saltándole al cuello en un abrazo risueño y bañado de su propio llanto, a ella incinerándolo para siempre en el fuego de sus labios contra los suyos, a ella abrigándolo en sus primeras palabras de amor, susurradas trémulas contra su oído.